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Submitted:Mar 13th, 2019 4:31:25 AM

Cuando se separó su cara estaba totalmente empapada. Se limpió con el antebrazo y se colocó detrás dispuesto a follar. Cuando Eva sintió las manos de su hijo agarrando sus caderas supo lo que llegaba y se movió acercando su trasero a su paquete mientras gemía de forma constante como una perra en celo.

Quería la polla de su hijo rompiéndole el coño cuanto antes o iba a enloquecer.

- Venga machote, rómpele el coño a mamá. No tengas miedo. Dame fuerte, ahora soy tu perra.

Las palabras animaron a Rómulo el cual colocó el infinito capullo en la entrada del coño y, volviendo a agarrarle por las caderas, la penetró a fondo empujando fuerte hasta dejarla totalmente ensartada en el infinito palo grueso que tenía por polla. Su madre gritaba y gemía por igual, haciendo desaparecer de nuevo a Mozart.

Vanesa dejó las bolsas en la entrada de su casa y se acercó cautelosamente hasta el jardín de su vecina Eva. Cuidadosamente llegó hasta el ventanal del salón y se asomó preocupada por aquellos gritos. Cuando por fin entendió lo que estaba viendo sus ojos se abrieron a la par de su boca y se pellizcó para comprobar que aquello no era un sueño.

Su vecina estaba a cuatro patas sobre su caro sofá del que tanto presumía y, por detrás, su hijo la follaba con fuera y rapidez. Pudo ver la cara de gozo de su vecina y notó como la polla de su hijo era enorme cuando en el movimiento de retroceso solo podía ver carne y más carne hasta que asomaba el capullo justo antes de volver a embestir.

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Recordó como solo tres días antes había ido a darle el pésame por la muerte de su marido y le abrió la puerta su hijo, al que hacía tiempo que no veía. Habían tomado pastas y café y habían hablado de los recuerdos que tenían del padre y esposo. Había sido una velada agradable, marcada por la tristeza y los semblantes serios con sonrisas esporádicas de educación y respeto. Y ahora los veía así, retozando sudados. Ella chillando con cara de perra con sus melones colgando en movimiento de vaivén y su hijo detrás empujando con fuerza con la polla más grande que jamás había visto en su vida.

Rómulo no recordaba una follada así. Jamás había follado a una mujer con esa facilidad, normalmente a estas les dolía lo descomunalmente grande y gorda que era su verga y a penas se dejaban penetrar hasta la mitad. Pero ahora era diferente, su madre aguantaba levantando mucho el culo, con su torso pegado al sofá y su cara de lado gimiendo y chillando de dolor y placer. Podía meterla entera sintiendo calor de una zona en la que jamás había sentido de una mujer. Su capullo llegaba tan adentro que le parecía que iba a sacarlo por su boca. Eva sentía como le partía en dos y esa sensación le gustaba. De repente empezó a tener un orgasmo detrás de otro. Su cuerpo se retorcía endemoniado, pero su culo permanecía intacto, muy arriba y fijo para que su hijo pudiera follar a placer todo cuanto quisiese. Su madre estaba ahí para satisfacerle y entregaba su cuerpo a tal propósito.

Infinito amor de madre.

Vanesa deslizó su lengua entre los labios mientras sentía como su flor se abría tímida bajo su tanguita blanco. A sus treinta y ocho años disfrutaba de una brillante carrera de su marido como abogado de éxito. Un lujo pues hasta tenía sirvienta, no teniendo ella que hacer nada en todo el día más que esperar que su marido tuviera viaje de negocios para llamar a uno de sus amantes. Pero ninguno de ellos era como el hijo de su vecina. Era guapo, tenía buen cuerpo y una polla que, de haberlo sabido antes, ya se habría comido en más de una ocasión en alguna de sus visitas. Vanesa era guapa y atractiva, y lo sabía. Metro setenta y seis y sesenta quilos. Delgada y proporcionada, con talla cien de pechos, regalo de reyes de su cornudo marido cinco años atrás. No demasiado culo pero sí con curvas y muy guapa con ojos verdes y pelo castaño oscuro y ondulado en media melena.

Rómulo dejó de follar pues notaba como de nuevo iba a correrse. Su madre se dio la vuelta tumbándose boca arriba al sentirse liberada. Estaba exhausta pues se habría corrido unas cinco veces. Descansó abierta de piernas, notaba como el coño le palpitaba hasta muy adentro, se sentía satisfecha y algo dolorida, sonriente y feliz.

Rómulo estaba a mil, llevaba aguantando la corrida largo rato; sobreviviendo a una mamada colosal, una cabalgada de una bella y tetona hembra madura y a una brutal follada a dicha hembra a cuatro patas. Sabía que no iba a poder aguantar mucho más pero se sentía satisfecho pues su madre parecía que se había corrido varias veces. Aquella hembra había sido bien cubierta.

Vanesa se había escondido tras la pared, al ver como paraban, por miedo a ser descubierta. Se sentía excitada y confusa. Aquello le superaba. El sentido común le dictaba irse a su casa disimuladamente antes de ser descubierta y hacer como si nunca hubiera visto aquello. Pero algo le retenía. Desde el tejado, justo encima, la gárgola jugaba a sostener hilos, como si Vanesa fuera su nueva y flamante marioneta.

- ¿Cómo estás cariño?. Yo me he corrido ya no sé cuantas veces.

- Yo aun tengo cuerda. Sigamos, es bueno coger un poco de aire de vez en cuando.

Rió mientras su madre le miraba con ternura. Ya no se sentía perra, ahora un dulce impulso le dominaba. Quería que su pequeño descargase con el calor que solo una madre sabe dar. Le hizo señas para que se sentase a su lado en el sofá.

- Bien nene. Quiero que acabes con calma y que tengas una corrida cálida y placentera. Quiero que acabes de la forma que desees. Pero solo pido una cosa.

- Dime mamá.

Ella vaciló un instante. Estaban desnudos y sudados sobre el sofá, uno al lado del otro. Eva vio la ventana abierta y descubierta, pensó que cualquiera que se asomase podría ver qué estaban haciendo. Por primera vez le pareció una locura todo aquello, se comportaban como una pareja de adolescentes descerebrados, con el cuerpo de su marido aun caliente.

- Quiero que te concentres en acabar de la forma que desees, úsame a mí y a mi cuerpo como desees. Pero quiero que te corras dentro de mí. Mi cuerpo necesita el calor del semen de un hombre como tú. Lléname el coño y las entrañas de tu leche y dame el calor que me falta por la triste marcha de papá.

- Sí mamá.

Ella le sonrió dulce y le besó en las mejillas como solo besan las madres a sus hijos. Luego le agarró la polla y la masturbó un rato, sintiendo el calor. Luego la soltó y quedó a la espera de lo que su hijo ordenase.

- Creo que puedes abrirte mamá. No tardaré mucho en correrme.

Ella se tumbó boca arriba en el sofá y se abrió, feliz. Su hijo se acopló y ella mantuvo las piernas bien abiertas, mirando como la fina lluvia caía lentamente en el exterior. Recibió de nuevo la polla de su hijo con vigor, esta vez se sentía más dolorida pues había perdido humedad. Poco a poco Rómulo logró meterla entera de nuevo hasta conseguir que la lubricación fuera total. La puerca de su madre no tardó en ofrecer su coño de nuevo bien mojado y cálido. Gemía de dolor mientras alguna lágrima caía por su mejilla sin dejar de mirar la lluvia.

Vanesa decidió asomarse de nuevo con cuidado.

Rómulo no tardó en descargar con la manguera bien enchufada en las entrañas de su madre. Eva sintió como un río de calor le inundaba por dentro.

Sus gemidos y lágrimas quedaron congelados justo cuando el Réquiem de Mozart terminó, justo cuando Rómulo derramó la última gota de semen y justo cuando los ojos de Eva y Vanesa se cruzaron.